LA MEMORIA DEL TIEMPO. Un museo aeronáutico en el corazón de Málaga

Luis Utrilla Navarro. Profesional aeroportuario. Miembro del Instituto de Historia y Cultura Aeronáutica y de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas.

           

            La historia del Aeropuerto de Málaga se remonta al año 1919, cuando la compañía de Lignes Aériennes Latécoère estableció en nuestra ciudad una aeroplaza para su línea Toulouse, Barcelona, Alicante, Málaga, Casablanca. Ésta se convertiría en la primera línea aérea de España y, por tanto,  nuestra ciudad ocupa con orgullo el primer puesto dentro de los aeropuertos españoles y también el ser la primera en contar con una línea de transporte aéreo comercial.

            Seguiría a Latécoére, en esta aventura del transporte aéreo español, la Compañía Española de Transporte Aéreo ( CETA ) que uniría Sevilla y Larache en 1921, unión de vital importancia en el conflicto bélico que España mantenía en el Protectorado Marroquí y cuyo creador e impulsor fue el malagueño Jorge Loring.

            Suspendidos los servicios aéreos por la Guerra Civil, el alejamiento del frente de guerra en 1938 permitió a la compañía italiana Ala Littoria reanudar los servicios aéreos comerciales en Málaga en enero de aquel año.

            Ante la necesidad de atender a los pasajeros y las aeronaves, el ayuntamiento de Málaga decidió adquirir las fincas colindantes para ampliar el campo de vuelos del aeropuerto y a la vez, solicitar de la Jefatura del Aire que se realizase un proyecto de Estación de Viajeros. El proyecto fue encomendado al arquitecto Luis Gutiérrez Soto y su obra, de estilo regionalista, marcaría un hito en la construcción de los terminales de los aeropuertos en esos años.

            El proyecto se realizó en 1939 y la finalización de su construcción se demoró hasta 1948 debido a innumerables problemas, principalmente de orden económico. Este precioso terminal de viajeros estuvo en servicio hasta 1969, fecha de inauguración del nuevo edificio.

            Al inicio de los años noventa el Aeropuerto de Málaga reconstruyó el edificio según su apariencia original y lo dedicó a terminal de aviación general y a museo aeroportuario. Este museo es único en España y uno de los pocos museos dedicados al transporte aéreo en Europa. Contiene hoy en día más de 2.500 piezas catalogadas, entre las que se incluyen tres aviones, uno de ellos de 1938 y los otros dos de mediados de los años cuarenta.

            Esta importante y desconocida faceta del aeropuerto es a su vez un punto fundamental en la protección del acervo aeronáutico español y también del patrimonio cultural malagueño.

            No descubrimos nada nuevo al decir que la industria turística tiene en el transporte aéreo su principal modo de acceso a la Costa del Sol y que un elemento indispensable para este desarrollo del transporte aéreo es el aeropuerto malagueño, cuya función ha evolucionado sustantivamente convirtiéndose en la puerta de acceso a Málaga, sustituyendo en sus funciones a la estación de ferrocarril, al puerto y a las puertas fortificadas medievales de siglos pasados.

            A nadie escapa la importancia que el transporte aéreo en particular tiene en el desarrollo de Andalucía, siendo una de las grandes aportaciones del siglo XX a la historia de nuestra comunidad y, por lo tanto patrimonio cultural de todos, lo que exige nuestra inexcusable atención y conservación  como legado de nuestra época a las generaciones venideras.

            Por ello el museo del aeropuerto de Málaga es también parte de la memoria viva de nuestro desarrollo social.

            En este sentido, quizás la actuación más importante llevada a cabo por el aeropuerto de Málaga en la recuperación del patrimonio cultural aeronáutico haya sido la restauración de dos aviones, auténticas joyas del transporte aéreo mundial y que bien merecen esta pequeña crónica.

            Durante los meses de abril, mayo y junio de 1979 llegó al Aeropuerto de Málaga un grupo de aviones, todos ellos con matrícula de los Estados Unidos, que formaban una curiosa y anacrónica flota.

            Se trataba de un North American B-25, dos Beechcraft B-18 y dos De Havilland D.H. 104, que procedentes de distintos aeropuertos viajaban hasta Málaga para participar en la filmación de algunas películas de carácter histórico.

            Abandonados en Málaga por sus propietarios por diversas circunstancias, el transcurrir de los años fue dañando su apariencia exterior, al mismo tiempo que la actuación de algunos desaprensivos fue desmantelando los aviones de sus equipos de navegación más valiosos.

            A comienzos del año 1988 el Aeropuerto de Málaga inició las gestiones para que dichos aparatos pasasen a ser propiedad del entonces Organismo Autónomo Aeropuertos Nacionales, con objeto de poder restaurarlos y situarlos en exposición permanente para pasajeros y visitantes. Mientras tanto, los aviones continuaban envejeciendo y deteriorándose día a día.

            Ya en noviembre de 1989, la solución vendría de la mano de Cristóbal Infante Bobadilla, quien adquirió algunos de los aviones en pública subasta y donó tres de ellos al aeropuerto malagueño. Un cuarto avión, un Mitchell B-25, también pudo recuperarse a tiempo y hoy forma parte del Museo del Aire de Cuatro Vientos.

            Con dos de los aparatos De Havilland D.H. 104 y la generosa colaboración del financiero saudí Seik Mohamed Ashmawi, pudo completarse la restauración de uno de ellos, que desde 1992 se encuentra en exposición estática en los jardines del aeropuerto malagueño. En los últimos meses de 1999 este avión ha sido repintado, con el patrocinio de la Fundación Aena, con los colores de la compañía aérea holandesa Martinair, que habitualmente vuela a Málaga desde Amsterdam y que en sus orígenes como Martin’s Air Charter contó con un modelo similar y cuya librea de los años cuarenta, facilitada por la propia compañía, luce ahora el De Havilland malagueño.

            El otro avión que aún continuaba en el aeropuerto de Málaga esperando su recuperación era un Beechcraft B-18, un precioso monoplano de ala baja de mediados de los años treinta. Este avión había llegado a Málaga el 11 de mayo de 1979 procedente de Rabat. Era capaz de acoger a seis pasajeros, aunque el modelo malagueño dispone sólo de cuatro asientos, enfrentados dos a dos, con una mesa auxiliar entre ellos.

            La recuperación de este avión se inició en 1999 bajo los auspicios de la Fundación Aena y su objetivo era múltiple: en primer lugar, impedir que este excepcional avión, por el que se han interesado los más diversos museos de Europa, continuara deteriorándose; en segundo lugar, conseguir su recuperación para su exhibición estática, dentro del marco del Aula Aeronáutica del aeropuerto malagueño y, en tercer lugar, permitir que en los próximos años el avión pueda tener una nueva restauración que lo hagan visitable también interiormente.

            Los trabajos de restauración se encargaron a la empresa malagueña Quibla, experta en la recuperación de obras de arte, pintura y escultura, que acogió el proyecto con verdadero entusiasmo. Bajo la dirección de la profesora de restauración Estrella Arcos, un equipo de chapistas, carpinteros, mecánicos y pintores fueron poco a poco recuperando la antigua imagen del Beechcraft B-18. Para ello se utilizó parte de la documentación original del avión, facilitada por el fabricante canadiense, y la existente en las publicaciones de la época.

            En un primer análisis el avión presentaba numerosas roturas, deformaciones, abolladuras y orificios en la chapa exterior; deformaciones estructurales de los bordes marginales y extraídos de las alas, timones y flaps; pérdida del cono de cola y otras partes del fuselaje y una importante degradación físico-química del aluminio, exfoliación y pulvurulencia del material en muchas zonas.

            A todo ello se unía una oxidación generalizada, rotura de todas las partes móviles enteladas, del parabrisas de cabina, de las gomas del sistema antihielo del borde de ataque, de las antenas de comunicación, existiendo abundantes depósitos de suciedad y una fuerte colonización de microflora.

            Se iniciaron por tanto los trabajos con una limpieza exhaustiva y varias fumigaciones, ya que el avión era lugar de anidamiento de aves, pequeños reptiles y miles de abejas, avispas y otros insectos. Una vez limpio se procedió al traslado del avión a su ubicación definitiva, para evitar manipulaciones posteriores que pudieran dañarlo.

            Asentado en su lugar definitivo se procedió a eliminar los restos del entelado, goma antihielo, restos de adhesivos y pintura. En el transcurso de estas operaciones aparecieron en las alas, bajo algunas capas de pintura plateada, roja y verde, las escarapelas de la Casa Real marroquí, acompañadas de su primitiva matrícula CN-MAQ.

            Parecía como si nuestro cansado Beechcraft quisiera agradecernos los cuidados que ahora le dispensábamos, recordándonos el ilustre pasado que había vivido cuando estuvo al servicio de Su Majestad Mohamed V, siendo utilizado para transportar a las ilustres personalidades que visitaron en los años cuarenta el país magrebí.

            Los trabajos posteriores fueron el desmontaje de las piezas móviles y los carenados para eliminar los restos de grasas, tierras y realizar un tratamiento de los óxidos interiores. La limpieza de las palas de las hélices se realizó por medios químicos suaves, sin abrasivos, para recuperar la textura característica de estas piezas, a las que se acompañó con el pulimentado de los conos.

            Una vez recuperada y reforzada la estructura interior, costillas y largueros en las alas y cuadernas en el fuselaje, se sustituyeron los fragmentos de chapa que presentaban deformaciones, fisuras o fracturas y aquellos que faltaban en su totalidad. Para integrar las nuevas piezas en el conjunto se eligieron como zonas de encuentro las líneas de remaches existentes, seleccionando éstos según las dimensiones originales.

            Recuperados todos los dobleces y aplastamientos, nos permitimos una pequeña licencia al dar a los alerones y flaps un acabado en chapa de aluminio inexistente en el original. Esperemos que en una segunda restauración puedan realizarse los trabajos que permitan que los alerones y flaps recuperen su construcción original.

            En esta fase final se procedió al enmasillado del avión y a su pintado, con una mezcla de pintura acrílica y catalizador que favoreciera su aplicación y conservación.

            Se procedió finalmente a la colocación de las juntas de goma, los burletes, los cristales de cabina construidos en polimetacrilato, se renovaron los cristales de las luces de aterrizaje y se procedió al pintado de la librea con los antiguos colores gris, negro, blanco y azul capri de la compañía española Spantax, que contó con un avión similar en sus orígenes, como un pequeño homenaje del Aeropuerto de Málaga a esta compañía pionera del tráfico turístico, tal y como reza el monolito que se ha levantado junto al avión.

            Elaborados los logotipos y las letras de las inscripciones técnicas del avión con una lámina Scotchcal Serie 60 de gran durabilidad, estabilidad y resistencia a la intemperie, el Beechcraft B-18, ahora matriculado EC-ASJ, ha quedado listo para poder ser admirado por todos los visitantes del museo malagueño.

            Gracias a la Fundación  Aena ha sido posible que esta valiosa pieza de nuestro patrimonio aeronáutico no acabase convertida en chatarra. Si bien la restauración de que ha sido objeto no es la que todos hubiéramos deseado, al menos permite evitar la degradación a la que el avión estaba abocado, sirviendo además como una magnífica atracción para todos los miles de escolares que cada año visitan el Aula Aeronáutica del Aeropuerto de Málaga.  

            Dentro del mismo programa de actuaciones llevado a cabo por la Fundación Aena, en dicha Aula Aeronáutica durante 1999, se procedió a mejorar la presentación de las piezas que componen el museo realizándose distintos soportes. También se han construido distintas vitrinas para albergar las maquetas de aviones, los uniformes de compañías aéreas y otras piezas pequeñas del museo.

            Paralelamente se ha procedido a la catalogación de todo el material del Aula Aeronaútica, trabajo que llevó a cabo la empresa Aertec, que ha elaborado una completísima base de datos que recoge toda la información técnica de las más de 2.500 piezas que constituyen el fondo museístico. Esta base de datos se encuentra disponible en un soporte informático y se difunde a través de la publicación de una guía-catálogo para los visitantes del Aula.

            Esperemos que este Aula Aeronáutica sea el embrión de un auténtico museo aeroportuario que hoy preside majestuoso el Beechcraft 18 el cual, gracias al esfuerzo de todos, ha resurgido como un nuevo ave fénix de sus cenizas.