Cuadernos L - 2003 |
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TRABAJOS DE ARQUEOLOGÍA EN LOS PUEBLOS DE MÁLAGA: JIMERA DE LÍBARÁngel Recio. Arqueólogo de la Diputación de Málaga. |
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Introducción Con el presente trabajo pretendemos que la sociedad malagueña perciba el patrimonio histórico (arqueológico y etnográfico) más cercano al ciudadano, aquel que camina de manera estrecha, cotidiana, con los vecinos de nuestros pueblos, sean conscientes o no de ello. Para una toma de conciencia sobre el mismo llevamos a cabo estos estudios en diversos pueblos, especialmente los más pequeños, aquellos que carecen de medios personales y materiales para su elaboración, en los que la Oficina Provincial de Planeamiento del Área de Infraestructura, Obras y Urbanismo de la Diputación, proyecta su ordenación urbana. Al mismo tiempo se persigue que los ayuntamientos dispongan de una aceptable base de datos en aras de la conservación, protección, difusión y puesta en valor del Patrimonio Histórico Municipal, cuyas competencias en esta materia vienen recogidas en el art. 4º 1 de la Ley 1/1991, de 3 de julio, de Patrimonio Histórico de Andalucía, donde se cita expresamente: “Corresponde a los Ayuntamientos la misión de realzar y dar a conocer el valor cultural de los bienes integrantes del Patrimonio Histórico Andaluz que radiquen en su término municipal.” El conocimiento del proceso histórico de estas comunidades provinciales, a través de una arqueología social, al servicio del hombre, nos pone en contacto con otras sociedades pasadas, interrelacionadas por mecanismos sociopolíticos y socioeconómicos distintos a los de hoy, que vienen a demostrarnos la no universalidad de las actuales relaciones sociales y de propiedad, siendo posible otro tipo de sociedad más justa que materialice un futuro solidario de la humanidad. El casco urbano Por lo que conocemos, los únicos restos de estructuras arqueológicas emergentes se manifiestan en la fachada noroccidental de la iglesia (erigida en 1505) donde, adosada a la misma, conserva una construcción rectangular denominada El Torreón. La documentación bibliográfica es explícita (1): el “único vestigio que queda de la dominación árabe es el torreón que forma parte de la iglesia parroquial y que en aquel tiempo debió ser alminar de la mezquita”. Al parecer, esta torre se derribó en 1966 con motivo de la construcción de la nueva iglesia. Referencias sobre ella nos ofrece Pascual Madoz (2): “...una torre de moros que forma el campanario de la parr...”, posteriormente recogidas por Diego Vázquez Otero (3) y Francisco Garrido (4): “junto a la iglesia parroquial se encuentra un torreón que fue alminar de mezquita durante la dominación musulmana”.
Tras el análisis superficial de la citada estructura, donde apreciamos remodelaciones a lo largo del tiempo y diversos componentes materiales en su confección (mampuestos, ladrillos, tejas, cerámica), nosotros no estamos en condiciones de asegurar que estos restos pertenezcan al antiguo alminar. Desde luego, la obra que hoy vemos nada tiene que ver con los clásicos minaretes de la Axarquía y Serranía de Ronda. Su orientación NW-SE es familiar a las antiguas mezquitas musulmanas, único aspecto que encontramos para relacionarlo con una estructura religiosa de este tipo. Su localización sobre un promontorio rocoso de areniscas, en el punto más destacado de la plaza del pueblo, y su poco cuidada (tal vez por las continuadas reparaciones) construcción, quizás pudieran emparentarla con una obra militar tipo ¿torre atalaya? Los espacios públicos ofrecen evidencias relativas a su pasado medieval, especialmente en la zona que circunda la iglesia que, junto con la plaza, centraliza el núcleo poblacional (fotos 1 y 2). Un trazado característico del urbanismo musulmán se aprecia en las quebradas calles Posada, Horno, Torre y Villa, que normalmente no se adaptan a las curvas de nivel, sino que las cortan en sentido vertical, definiendo un clásico urbanismo inorgánico. La calle Hondillo puede representar un antiguo adarve (5). En definitiva, el urbanismo de Jimera muestra un espacio público y principal centralizado en la plaza e iglesia, donde probablemente se asentaría la mezquita y alguna construcción militar, evolucionando desde esta primitiva ubicación hasta el callejero actual. La vivienda tradicional, morisca, brilla por su ausencia. Lo visible está muy retocado y en nada se parece a las viviendas populares de algunos pueblos de la Axarquía como Canillas de Aceituno, Sedella, Salares o Frigiliana, ni de la Serranía de Ronda, ejemplo de Benadalid (6). Por lo general consta de dos plantas (PB + 1). Los documentos escritos ofrecen constancia de Jimera de Líbar desde los momentos últimos del periodo nazarí y tras la conquista castellana de las tierras de Ronda en 1485. Andrés Bernáldez nos dejó en 1517 una relación de los lugares conquistados por los RR. CC., citando expresamente el de “Ximera” (7). De los cuatro distritos o ta´a en que se dividió la Serranía de Ronda, Jimera estaba incluida en el Distrito de El Havaral. Manuel Acién (8) cifra la población en un total de 50 vecinos a finales del siglo XV, lo que representa unos 180 habitantes, aplicando el coeficiente de 1 vecino = 3, 6 habitantes. Este número de vecinos mudéjares, que a partir de 1501 obtendrían la nueva condición de moriscos, se vería continuamente reducido a lo largo del siglo XVI, llegando a perder en el conjunto de El Havaral entre el 50 y el 60 % de la población (9). El despoblamiento sería casi total tras la expulsión de los moriscos en 1571, apeándose sus bienes urbanos y rurales, y repartiéndose entre los nuevos pobladores o cristianos viejos, que llegan a contar 121 habitantes en 1591. A partir de finales del siglo XVI se constata un aumento demográfico ininterrumpido. Los datos que barajamos (10) contemplan un número de 756 pobladores a mediados del siglo XVIII (1752), hasta llegar a un máximo histórico de 1.480 a finales del siglo XIX (1897), tras conocer una población de “272 vec., 1.068 almas” a mediados del XIX (11) (fotos 3 y 4). La crisis finisecular decimonónica, propiciada particularmente por la filoxera, no tendrá especial incidencia en los aspectos demográficos de Jimera, al contrario que en su vecina Atajate, muy especializada en el sector productivo de la vid. Es más, en Jimera asistimos a un nuevo despegue demográfico a partir de la segunda década del siglo XX, motivado por el resurgir económico en los años de la Dictadura de Primo de Rivera, al igual que tras la Guerra Civil, con la potenciación del cultivo del cereal. En la mitad de la centuria se contempla una caída brusca de los efectivos demográficos, especialmente desde 1960 (12). Bases arqueológicas para una aproximación al conocimiento del proceso histórico Estos suelos sociohistóricos del valle del Guadiaro conocen producciones de cultura material referidas a ciertos útiles líticos de Los Algarrobiles (Benaoján), encuadrados en el Paleolítico Inferior/Medio (13), así como manifestaciones de la superestructura ideológica del Paleolítico Superior (arte) de la formación social de cazadores-recolectores-pescadores en el cercano “santuario” de Cueva de la Pileta.
La transición de estos grupos del Pleistoceno Superior hacia modelos sociales con economía de producción agropecuaria, en el marco de la formación social tribal, conlleva el progresivo abandono de las prácticas predatorias y una aproximación a modelos de asentamientos sedentarios, bien en cuevas o al aire libre, en los inicios del Holoceno, como ponen de manifiesto los vestigios arqueológicos documentados en las sierras de Ronda y Cádiz, que en el contexto espacial inmediato relacionamos con los asentamientos de la propia Cueva de la Pileta (Benaoján) y Cueva Hoya del Higuerón (Cortes de la Frontera), esta última con ocupación inicial en la transición Neolítico-Calcolítico (14). Estas sociedades tribales mantienen una base predadora significativa, aunque progresivamente se acercan a un modo de producción agrario, que en el valle del Guadiaro debió tener una fuerte complementación ganadera y pesquera (foto 5). No tenemos constancia de producciones materiales referidas a estos grupos neolíticos en el término municipal de Jimera. La cultura material constatada se encuadra en una fase más reciente, con desarrollos tecnológicos propios del Calcolítico (tercer milenio a.n.e). Debemos reseñar las dificultades que entraña la adscripción de estas producciones materiales a una formación social concreta. Las fuentes consultadas (15) aluden de forma somera a los “hallazgos arqueológicos encontrados a su alrededor que datan de la cultura del Bronce”. Ignoramos si estos hallazgos se corresponden con los yacimientos (ver mapa adjunto) Chapí-5, Las Vegas, Loma de Fuente Grande y El Conio. En los dos primeros, el registro arqueológico superficial contempla una mínima serie de fragmentos cerámicos confeccionados a mano, atípicos, por lo que resulta complicado atribuirlos mecánicamente a grupos determinados de la Prehistoria Reciente. Algo más explícitas son las producciones cerámicas y líticas (pulimentos) de los segundos, aunque también problemáticas, quizás pertenecientes a un pequeño asentamiento del III milenio y perduración hacia modelos de la formación social clasista inicial, aunque, como decíamos, no tenemos testimonio cierto, debiendo esperar a futuros programas de investigación arqueológica (excavaciones), especialmente en la Loma de Fuente Grande, para su encuadre seguro. Lo parcial de nuestro conocimiento sobre la ocupación antrópica de Jimera muestra un hiato poblacional superior al milenio, no teniendo constatado el asentamiento en estas tierras de grupos humanos durante la Protohistoria y la transición hacia el modo de producción esclavista romano. No nos cabe dudas sobre la existencia de este poblamiento, como demuestra su presencia en las tierras de Ronda (16) y el litoral costero (17), una de cuyas conexiones debió discurrir por el valle del Guadiaro. La primera ocupación intensiva de la que tenemos evidencias arqueológicas sucede en la fase romana, amparada en la explotación agrícola de los suelos y en la abundancia de agua (arroyo de Atajate y río Guadiaro), y el hecho fundamental de representar una zona de paso entre el litoral costero y el interior a través de la vía natural del Guadiaro. Por ella hace discurrir Carlos Gozalbes (18) una calzada romana (Ramal XIV-b). Función primordialmente agrícola pudo desarrollarse en los asentamientos de la margen izquierda del Guadiaro, al socaire de las buenas condiciones edafológicas para una producción cerealística, en los asentamientos Las Huertas, El Olivar, Loma de Fuente Grande, Cortijo del Pastor y Ruinas de la Dehesa. Los enclaves de la margen derecha pudieron explotar las posibilidades agrícolas de las pequeñas terrazas existentes entre el borde del río y el piedemonte de la sierra, con una más que probable aportación ganadera y forestal. Estas especializaciones vendrían representadas en los asentamientos de La Zapatera y Río Guadiaro. Un tercer apartado de caseríos romanos se ubican en un ambiente ecológico serrano, en las inmediaciones o en contacto con las laderas calizas de las sierras que limitan el valle del Guadiaro. Este mundo de laderas de fuertes pendientes se ve truncado en ocasiones por pequeñas mesetas en las que suelen encontrarse los asentamientos. La segura explotación agrícola (presencia de eras y balates) es moderada y marginal, por lo que debemos buscar en las actividades económicas derivadas de los recursos del bosque y aspectos cinegéticos, sin aparcar una posible explotación relacionada con la minería del hierro (vestigios superficiales de materia prima ferruginosa), el porqué principal de su existencia en estos parajes. En esta situación están los yacimientos localizados en los pagos de Chapí (Chapí-1, 2, 3, 4, 5, 6 y 7 y Casa de la Zapatera), Juncal (Cortijo del Sargento, El Tesoro, Loma del Camino y Las Chozas) y Loma de las Morillas (Llano de las Morillas). Desconocemos la ocupación hispano-visigoda de estas tierras, aunque algunas tumbas de la Finca el Tesoro, formadas por grandes lajas de piedra local, pudieron corresponder a estas gentes, que, por otra parte, están enterradas en la vecina necrópolis de El Montecillo (Atajate) (19), en tumbas de parecidas características constructivas. El registro arqueológico superficial del municipio ofrece la existencia clara de elementos humanos de la formación social islámica, en función, como casi siempre, de la explotación de los recursos agrícolas, ganaderos, cinegéticos, etc., control de las tierras y acceso a la ciudad de Ronda desde la bahía de Algeciras por la Cañada Real del Campo de Gibraltar, de la que partiría un ramal de enlace con Jimera (parte del mismo podría coincidir con el Camino de Gaucín o Vereda del arroyo de Atajate) y vuelta de Jimera a la Cañada Real por la Vereda Huerta Nueva (foto 6) o el Camino de Benaoján a Jimera. Es posible que el Puente del Molino de la Flor (foto 7) formara parte de esta vía de comunicación medieval. Desde luego, la visión de los componentes materiales de su estructura no aboga, a mi entender, por su fundación romana, pudiendo haberse erigido en la etapa medieval o, más bien, moderna.
Esta vía natural y los recursos económicos del agro de Jimera pudieron estar vigilados desde asentamientos que poseen una funcionalidad nítida, al ubicarse en lugares elevados, a la entrada del encajonamiento del Guadiaro, pasada la Barriada de La Estación. Nos referimos al yacimiento Las Lomicas, en cuya cima se aprecian restos de estructura cuadrada o rectangular que debió pertenecer a una torre. Similar situación encontramos en el Cerro de la Ermita, Juncal y El Torreón. Este último siempre que confirme, tras los estudios pertinentes, su adscripción medieval y carácter militar. En El Conio existió un pequeño núcleo de población o torre atalaya (20), con misión de vigilancia del entorno y aviso a los pueblos y fortificaciones cercanas, según pone de manifiesto la abundancia de majanos pertenecientes a estructuras desmoronadas y algunos fragmentos cerámicos, aunque la disposición de ciertas alineaciones no aboga por su pertenencia a una torre, al menos las que nosotros hemos observado. Un probable recinto fortificado pudo existir en el punto más alto, yacimiento que denominamos Alto del Conio (foto 8), de numerosas piedras y fragmentos cerámicos producto del desplome de antiguos muros.
Otros asentamientos como la Loma de Fuente Grande y Ladera de Fuente Grande pudieron corresponderse con pequeñas unidades de producción agrícola, al situarse en suelos propicios para el desarrollo cerealístico. El núcleo de “Ximera” quedaría como el foco de poblamiento dominante en la zona.
Valoramos la representación de molinos hidráulicos harineros, superando con creces las necesidades de molienda local, por lo que debió participar en la transformación de granos procedentes de otros municipios. Madoz nos habla de “...una fáb. de aguardiente, otra de jabón y 6 molinos harineros...”. Entendemos que estos molinos (fotos 9 y 10) son los situados en el arroyo de Atajate (“Cidro”, Cecilio y “Quemao”) y río Guadiaro (“Roete”, Enmedio, de la Flor y Asperilla). El Molino de Sebastián Rodríguez, ubicado en el casco urbano de Jimera (calle Peña), difiere de los anteriores en que no estuvo movido por energía hidráulica, sino eléctrica, y es más reciente. Ninguno de los molinos citados funcionan en la actualidad. La mayoría están abandonados y en deterioro progresivo, salvo tres molinos del Guadiaro (“Roete”, Enmedio y de la Flor), reutilizados como viviendas.
1
AA. VV.: Inventario artístico de Málaga y su provincia,
tomo II, Málaga, 1985, p. 339.(volver) |
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