Cuadernos L - 2003 |
![]() |
|
![]() |
SOBRE EL NECESARIO VÍNCULO ENTRE EL PATRIMONIO Y LA SOCIEDAD. Reflexiones críticas sobre la interpretación del PatrimonioMarcelo Martín. Arquitecto, gestor
cultural, responsable del Departamento de Comunicación del Instituto
Andaluz del Patrimonio Histórico (Sevilla, España)
|
|
|
El que no sabe lo que busca no interpreta lo que encuentra Del cúmulo de encuentros y textos que se produjeron a lo largo de varios años me es grato y oportuno traer aquí el concepto de lo que entonces denominábamos la modernidad apropiada, un intento consciente de crear una categoría de análisis de nuestra realidad que, por un lado, no nos permitiera evadirnos en la nostalgia y, por otro, nos comprometía con un presente y un futuro concretos, a la hora de buscar respuestas válidas a las exigencias sociales y culturales, y que no tuvieran repercusiones en el medio natural y cultural de la región. No pretendíamos crear un ismo arquitectónico más, ni siquiera un modo estilístico de producción sino una actitud frente al hacer, una forma de reflexión que nos facilitara hacer propio lo que nos llegaba de la globalidad pero al mismo tiempo ejerciendo una actitud crítica que nos permitiera comprender qué era lo apropiado y qué no lo era, de cara a la diversidad cultural y espacial de nuestro continente, “de modo que la proposición de búsqueda de una modernidad apropiada como actitud común a los arquitectos implicaba por definición, la exigencia de la diversidad para cada realidad” (1). Esta experiencia, que sigue viva en mis reflexiones acerca de lo que sucede en el mundo de la cultura y en particular del patrimonio donde me muevo, viene a cuento al pensar en una forma apropiada de vincular al patrimonio con la sociedad. Apropiada en su triple concepción:
Portugal, el sur de España e Italia y Grecia comparten no sólo un espacio vital mediterráneo y una cultura básica subyacente sino también una forma de supervivencia cultural a la colonización que tiene muchos puntos en común frente a los conceptos, hoy un tanto dejados de lado pero no por eso menos vigentes, de centro y periferia. Relativizando, somos periferia europea, pero también centralidad mediterránea. Por extensísimas razones que no vamos a desarrollar aquí, el concepto de progreso asociado al de modernización, más propio de culturas septentrionales, fue aceptado como tal por la masificación de las aspiraciones a una vida libre y mejor; primero por efecto de demostración y luego por desarrollo interno, pero casi siempre de forma imperativa: adoptamos los desafíos de la modernización en forma acrítica y en muchos casos mimética. Esta situación se ha visto modificada substancialmente con la incorporación a la superestructura política y económica de la Unión Europea, pero claro está, sin abandonar nuestros particularismos meridionales, que son mucho más destacados en el ámbito cultural. Nuestra región no comparte el mismo concepto de patrimonio que el norte de Europa, prueba de ello son: la presencia del Estado como figura tutelar del legado histórico y natural; nuestros “bienes culturales” frente al heritage anglosajón, la catalogación, la protección y la conservación-restauración como materias troncales de la gestión de esos bienes frente a los de comercialización y rentabilidad; son éstas, entre otras, las diferencias que hasta estos últimos años definen dos modelos y concepciones de nuestra herencia natural y cultural. Deseo comentar aquí unos párrafos que el profesor Sandro Bianchi, del Istituto Centrale per il Restauro, incluyera en su conferencia hasta ahora inédita, con motivo del encuentro “Los Institutos de Patrimonio y su papel en el próximo milenio” (2). Desde los años ochenta, han hecho su aparición unos cambios aún más profundos que han modificado una vez más las referencias generales sociales y culturales. El primero fue la masificación del uso del patrimonio cultural. De objeto de goce por parte de una élite culta, como había sido especialmente hasta los años sesenta, con la explosión del turismo de masas, el patrimonio se volvió accesible para capas mucho más amplias de usuarios que dieron vida a un potencial económico casi desconocido que se ha convertido en un componente fundamental para el marco económico europeo en general y meridional en particular. Esta transformación ha sido, obviamente, muy bien recibida gracias a los beneficios generales que ha producido (pensemos en el desarrollo del sector turístico) pese a que en la región a la que me refiero, la gestión aplicada a este fenómeno deja todavía bastante que desear, especialmente en las administraciones de cultura que se han visto superadas en gran medida por este fenómeno. Podemos concluir parcialmente con Bianchi en que se ha producido un alejamiento entre una operatividad anclada en aquellos presupuestos conservacionistas y un contexto absolutamente nuevo. Muchos de los que pertenecían a las categorías técnicas ligadas a la elaboración de proyectos y a la ejecución de las intervenciones en el Patrimonio se encontraron inmersos en una especie de desestabilización. “La restauración de un objeto o de un monumento no será ya, como lo era antes, una operación que ataña a un círculo reducido de intelectuales, a unos usuarios cualificados y restringidos desde el punto de vista numérico y, por tanto, sustancialmente indiferente a los parámetros socioeconómicos (no sólo los monetarios). Es una operación que dará lugar a consecuencias inéditas. La primera de ellas es el nuevo uso del bien restaurado y, por consiguiente, su inserción en el circuito económico. Esto cambia su naturaleza íntima -y en ello aparece una novedad explosiva para cuantos trabajan en el sector -, convirtiéndola en algo parecido a una intervención normal (pública o privada) en el territorio, encaminada a perseguir objetivos de desarrollo en el campo indus-trial o en el de los servicios. Por poner un ejemplo de sus consecuencias se puede citar la necesidad, ya hoy fuertemente sentida, de profundizar y racionalizar las relaciones entre quien tutela el patrimonio (la administración estatal) y quien gestiona el territorio (los entes locales territoriales) desde la fase de planificación y de proyección de las intervenciones, precisamente para garantizar una inserción armónica en el contexto socioeconómico. Planificar, proyectar y ejecutar un trabajo sobre un bien cultural que hoy pertenece de pleno derecho a un cuadro complejo y lleno de variables no puede ya ser lo mismo que hace veinte o treinta años”(3). Tengo mis dudas, en general y salvo el caso italiano, que por parte de la ciencia económica el problema sea estudiado desde hace tiempo con la seriedad y la atención que merece un nuevo protagonista de la economía nacional. En asociación a estas ideas tienen lugar otras vicisitudes de carácter programático como la consideración de la comercialización del patrimonio, el marketing cultural, etc. Comienza a suceder que también nuestros países encargan su patrimonio a gestores empresariales que introducen los conceptos de la mercadotecnia al patrimonio. Aunque para muchos políticos y administradores de la cultura esto puede parecerles acientífico, y a veces hasta vulgar, sin embargo recomiendan a sus gestores culturales que aprendan de ellos, alegando que se corre el riesgo de “perder audiencia”. La gestión del patrimonio cuenta de este modo con el respaldo de profesionales de comercialización, financiación y estudios sobre preferencia de los visitantes, lo cual de por sí, no nos resulta totalmente inadecuado, en tanto y en cuanto no abandonemos nuestro patrimonio en manos de una concepción generalista, abonada de todas las técnicas del mercado que sean necesarias sino, por el contrario, aboquémonos a una plena concepción humanista de nuestro patrimonio, aún a riesgo de no parecer progresistas o “vernos de lleno lanzados a la bancarrota”(4). El proyecto de la aplicación de la gestión empresarial al patrimonio, con todas sus vertientes positivas, co-mienza a desembarcar acríticamente en estas latitudes. La necesidad de la puesta al día del debate patrimonial desde todas sus perspectivas: investigación, documentación, intervención y difusión no puede dejar de lado esta problemática. Cuando el mercado se coloca por encima de las necesidades, la cultura, entendida como parte de ese mercado, hace inútiles todas aquellas empresas que no sean eficaces; así sucede que la investigación histórica pierde valor frente a una historia como supermercado de imágenes; las restauraciones cobran interés en la medida del marketing cultural y los centímetros de prensa que generan; la documentación sólo importa cuando se digitaliza y puede convertirse en productos interactivos de distribución masiva, y las disciplinas como la museología y las técnicas expositivas ingresan definitivamente en el campo de la comunicación. Lo que da en llamarse el pensamiento único o el proceso de globalización sitúa en primer plano un predominio absoluto de la mercantilización de todo aquello que puede ser mercancía (recordemos lo del “producto patrimonial” tan en boga) como un modo imperativo y que muchas veces queda encubierto por el concepto de eficacia (donde quizá fuera más apropiado la eficiencia o lo apropiado). Pero sobre todo ha surgido como consecuencia de esa transición paulatina de un modelo de gestión del patrimonio guiado por el imperativo conservacionista, a otro orientado por criterios de rentabilización, proceso que, en definitiva, creemos que se debe situar en la estela de uno más amplio (en el que estamos inmersos y por ello aún no se vislumbran con claridad sus límites y rasgos) de transición de un modelo de Estado moderno centrado en la administración de personas a un Estado postindustrial centrado en la administración de recursos y servicios (5). El patrimonio tiene necesariamente dos límites: los derivados de la propia capacidad de acogida y el riesgo de convertir el binomio espacios naturales-patrimonio en el eje de una economía, cualquiera sea la escala territorial por considerar, en detrimento de las economías productivas posibles (6). ¿Cuál puede ser entonces el vínculo apropiado entre el patrimonio y nuestra sociedad? El hombre de la sociedad mediática está condenado a perseguir simbólicamente la realidad que los simulacros le ocultan. De ahora en adelante lo único que podrá hacer la humanidad es renunciar al deseo moderno de dominar el mundo de los objetos. Mientras más información, menos significado. Es de temer que en esta época, la creación de simulacros patrimoniales, al introducir nuevos conceptos en la difusión del patrimonio dentro de estrategias más ligadas a la comunicación que englobadas en procesos de tutela, interrumpa o condicione, de forma hasta ahora no evaluada, el necesario contacto del ciudadano con su patrimonio, destruyendo así la dimensión cultural del contexto patrimonial. Desde nuestro trabajo cotidiano y en la planificación de nuestra proyección futura queremos establecer un nexo intelectual con un previsible giro que se viene produciendo en las instituciones y las políticas patrimoniales, que supone centrarse en la comunidad frente al interés por los objetos. Del objeto al sujeto. Ello implica una mayor tendencia hacia la descentralización y territorialización de la difusión del patrimonio, hecho que comienza a tener sus concreciones en nuestra región. El patrimonio cultural es la síntesis simbólica de los valores identitarios de una sociedad que los reconoce como propios. El Patrimonio constituye un documento excepcional de nuestra memoria histórica y, por ende, clave en la capacidad de construcción de nuestra cultura, en la medida que nos posibilita verificar acumuladamente las actitudes, comportamientos y valores implícitos o adjudicados de la producción cultural a través del tiempo. Junto a estos testimonios de pasadas espiritualidades, recibimos otra serie de documentos procedentes del campo teórico, filosófico, literario, etc. que complementan tal perspectiva de análisis y comprensión. La espiritualidad de la época que nos toca vivir implica la imposibilidad de definir la realidad, producto ésta del resultado de infinitos cruces y contaminaciones de imágenes e interpretaciones que nos llegan de los medios de comunicación, sin coordinación y en permanente competencia. Nos enfrentamos al reto futuro de mantener la difusión del patrimonio, en una permanente actualización ideológica donde prevalezcan los valores humanísticos, el compromiso con un desarrollo que no ponga en peligro nuestra herencia cultural y que las actividades que se desarrollen en torno del patrimonio sean un factor más de desarrollo social y económico. Si tuviéramos que definir una escala de jerarquías semánticas en torno a la vinculación del patrimonio y la sociedad, estableceríamos primero una política de difusión patrimonial vinculada en dos aspectos:
El segundo paso sería definir la difusión del patrimonio como una gestión cultural mediadora (7) entre el patrimonio y la sociedad. Gestión porque implica un proceso complejo que abarca documentar, valorar, interpretar, manipular, producir y divulgar no ya el objeto en si, sino un producto comprensible y asimilable en relación con su pasado histórico y su medio presente; cultural, porque se opera con la obra del hombre, tangible e intangible, pasada y presente, que rodea e influye en el ciudadano de hoy hasta ser parte misma de su historia y por tanto de su identidad, y mediadora, porque requiere de una estrategia, de un programa y de una técnica y un soporte independiente del objeto y ajena al sujeto que la recibe. El tercer peldaño estaría representado por todas aquellas herramientas conceptuales y prácticas que permiten establecer vínculos afectivos, educativos, lúdicos e identitarios entre el patrimonio y la sociedad. Aquí cabe la interpretación, la museografía, la escenificación histórica, las técnicas expositivas, la animación cultural, las técnicas educativas no formales, la presentación, la puesta en valor y todos aquellas herramientas mediadoras que sirvan a los fines de la vinculación del patrimonio y la sociedad. Desde esta perspectiva la interpretación es una herramienta más dentro de la tarea de vincular el patrimonio con la sociedad. Sin embargo el término va cobrando peso y protagonismo cada vez más destacado dentro de la gestión del patrimonio cultural. ¿Qué es la interpretación? Coincidimos con Jorge Morales (8) en que sobran definiciones al tiempo que existe una marcada ausencia de su aplicación concreta por nuestras latitudes. Como ya es sabido el término tiene su origen en los Estados Unidos a finales del siglo XIX a raíz de la declaración de los parques nacionales, y que se hace patente en 1957 con la publicación del libro “Interpreting our heritage” de Freeman Tilden. La Interpretación del patrimonio natural y cultural debe de ser tan antigua como los seres humanos. El hechicero, los contadores de cuentos, y los ancianos de los grupos tribales transmitían oralmente la historia de su pueblo de generación en generación. Antes de que existiesen los libros y otros métodos modernos para grabar historias, estas tradiciones orales eran la base para la supervivencia y la evolución de las culturas. En el contexto moderno, interpretación es el término usado para describir las actividades de comunicación destinadas a mejorar la comprensión en parques, zoos, museos, centros naturales, y acuarios, con objeto de crear una actitud favorable a los rasgos que son interpretados. La definición proporcionada por Tilden en su libro clásico, Interpretando Nuestro Patrimonio, es contemplada por la mayoría de los intérpretes como la definición: “Una actividad educacional (luego dijo recreativa) que pretende revelar significados y relaciones a través del uso de objetos originales, por medio de experiencias de primera mano y de medios ilustrativos, en lugar de simplemente comunicar información basada en hechos”. Después del Primer Congreso Mundial de Interpretación en Banff (1985) se consolida el término interpretación del patrimonio frente al de interpretación ambiental hasta entonces utilizado. De todas ellas nos quedamos con la propuesta de la Asociación (Española) para la Interpretación del Patrimonio: “La interpretación del patrimonio es el arte de revelar in situ el significado del legado natural, cultural o histórico, al público que visita esos lugares en su tiempo de ocio”. Esta es la vertiente original de la que luego se derivan todas aquellas “interpretaciones de la interpretación” que hoy se evidencian en nuestros territorios y que, con mejor o peor acierto, han producido una infinidad de situaciones, muchas de ellas de interesante valor, que van desde la señalización de carácter interpretativo hasta los parques temáticos, pasando por una gran variedad de casos que, para ser franco, no terminamos de definir acabadamente y que por extensión son denominados centros de interpretación. Una segunda vertiente de carácter más teórico pero con una fuerte componente de fundamentos es la que, entre otros, nos aporta el profesor Christian Carrier. Personalmente considero que es una lúcida aportación sin dogmatismos y cargada de direcciones claras y concisas que, “bien interpretadas”, nos aportan líneas precisas de actuación en la indefinida tarea de interpretar. Es el mismo Carrier quien, en su conferencia en Baeza (9), llama la atención sobre los excesos en los límites del concepto de interpretación y que son, en parte, el fundamento de mis reflexiones. Dice el profesor Carrier: “Interpretar es para el hombre
la manera más común de producir un significado. El lenguaje es el ‘medio’ fundamental de la experiencia interpretativa. Cuando no se utiliza el lenguaje, se hace necesario encontrar un sustituto. El objeto patrimonial (obras de arte, documentos, instrumentos, simples objetos o incluso monumen-tos) ‘expuesto’ no habla por sí solo. Hemos tenido que constituirlo (interpretarlo) como objeto patrimonial, museográfico, de exposición. La interpretación interviene en todos los niveles de la investigación científica y de la comunicación. La mirada sobre el objeto patrimonial suscita siempre una reacción, una emoción en la persona que lo mira. La reacción y la emoción pueden ser positivas -por ejemplo la admiración- o negativas- la indiferencia-. Más allá de la reacción inmediata, el objeto patrimonial puede dar pie a un interrogante, a una reflexión, a una contemplación que puede potenciar o desencadenar el contexto y el modo de la presentación. De hecho, la simple exposición es de por si una práctica de interpretación del objeto presentado. Los instrumentos a través de los cuales podemos entender los objetos patrimoniales, los dispositivos de presentación y de interpretación son las denominadas “teorías materializadas”. Estas teorías funcionan como fichas de lectura que pueden ser revisadas. El pensamiento interpretativo interviene cuando nos encontramos en presencia de signos. Estos signos son ambiguos, a veces por torpeza, aunque en la mayoría de los casos por exceso de riqueza. El pensamiento interpretativo se desarrolla entrelazando una presencia y una ausencia -en particular en ausencia, la mayoría de las veces, del contexto original-. Dentro de la realización de los mecanismos de exposición, la dificultad principal reside en la diversi-dad de las tradiciones a las que se refieren los que “producen” la interpretación del objeto patrimonial; confrontándolas con las tradiciones de los profanos: los visitantes... El pensamiento interpretativo supone la existencia de una cierta tradición.”(10) La democratización de los bienes culturales, las demandas de ocio cultural y la necesaria protección del legado histórico frente a las políticas de comercialización y explotación turística y la decadencia en la que se ven sumidas las instituciones del patrimonio (al menos desde el punto de vista de la difusión), ha favorecido a la interpretación como una alternativa valiosa para la comunicación y el disfrute del patrimonio. Ante ello cabría preguntarnos, ¿qué es entonces un centro de interpretación? ¿Es correcta esta denominación? ¿Podemos decir que un centro de interpretación es, como vínculo patrimonio-sociedad, la materialización del espíritu de la época y la manifestación del fracaso de la institución museo? Nuestros países no acabaron de vincular a sus museos en redes territoriales de difusión del patrimonio; no aciertan totalmente a generar políticas de captación de públicos ni se hace factible que todas las técnicas didácticas, comunicativas e interactivas (que hoy reclamamos para la interpretación) llegaran a esos mismos museos; ni siquiera concluimos una serie importante de musealizaciones in situ de yacimientos arqueológicos,sitios y centros históricos ni, entre otras acciones, dedicamos todos los esfuerzos necesarios para aggiornar la museología en general cuando, sin más, adoptamos el centro de interpretación, la red de centros de interpreta-ción, el plan de interpretación, a mi entender sin toda la necesaria reflexión crítica sobre las consecuencias que tal proceso traerá aparejado para la difusión de nuestro patrimonio. Plantear una complementariedad apropiada entre nuestro museo tradicional y un centro de interpretación es deseable, pero no deja de ser también una especie de competencia, algo así como una carrera entre dos hom-bres con excelentes ideas pero que uno de ellos (el museo) lleva puesta una armadura. ¿Cuál es la escala apropiada de un centro de Interpretación, cuál debe ser su vinculación deseable a una institución del patrimonio que oficie de red básica de difusión? El Centro de Interpretación podrá tener la actualización adecuada en materia expositiva, comunicativa e interactiva y además la ventaja que produce el descompromiso frente a la investigación posterior al montaje y la conservación de las piezas (muchas, sino todas, serán reproducciones); tendrá la seguridad de no poseer una colección que catalogar, investigar, conservar, restaurar y contextualizar; la tranquilidad de no poseer fondos, de carecer de gabinetes pedagógicos, departamentos varios y una administración presupuestaria que no supone más que la problemática del mantenimiento y el cobro de entradas (suponiendo que no sea gratuito) y pro-bablemente el tener que encender el audiovisual cada veinte visitantes. La interpretación es una magnífica herramienta de vinculación patrimonio-sociedad pero no puede anteponerse a todas las estrategias de difusión del patrimonio. Porque el exceso de sus límites conceptuales y de aplicación desembocan en “productos patrimoniales” no siempre deseables o en injerencias en otras disciplinas más apropiadas (ordenación del territorio, planificación, museología, etc). Esta posición, aparentemente crítica, no tiene de ninguna manera la intención de echar por tierra todos los magníficos aportes que la interpretación aplicada a la presentación y difusión del patrimonio trae aparejados, simplemente que, a raíz del trabajo compartido con un grupo de profesionales del campo del diseño y realización de productos expositivos y divulgativos y de mi particular situación laboral en la administración de cultura en Andalucía, es una necesidad imperiosa la de reflexionar acerca de las consecuencias de nuestro trabajo (consecuencias que no son todavía bien evaluadas en cuanto a receptividad y respuesta de los visitantes) y la necesaria vinculación de estas ideas con las instituciones del patrimonio por las que no termina de apostarse como piezas claves en la difusión patrimonial. Merece un párrafo especial el papel de la etnografía
en un proceso de difusión. La presencia de un repertorio etnográfico
de elementos no materiales como los cuentos, las leyendas, las danzas,
las costumbres consuetudinarias, etc., tan interesantes y sugestivos
como pueden serlo las obras artesanales, las casas tradicionales o los
trajes populares y, del mismo modo, el escaso valor económico
de la mayoría de estas últimas piezas, son hechos que
establecen una posición de desventaja respecto a su conservación,
si las comparamos con los bienes pertenecientes al patrimonio histórico
y más aún al artístico. Cuando, por diversos motivos, ocurre una lenta desaparición de los factores citados (y algún otro), los testimonios materiales de esa cultura en vías de extinción pasan a ser objetos susceptibles de formar parte de las colecciones de un museo. En este sentido, la proliferación de lugares de recogida y exhibición de piezas per-tenecientes al mundo rural es, últimamente, más que notoria. Toda población, por pequeña que sea, aspira a tener su propio “museo” -mal llamado etnográfico- donde mostrar una colección de objetos antiguos y pintorescos a los ojos del visitante, sin mayor pretensión que atraer su curiosidad. Esto, que en principio puede ser considerado como algo legítimo y, en muchos casos, digno de elogio, plantea varias cuestiones que deben hacernos reflexionar. Generalmente, las colecciones a que nos referimos son reunidas por personas que, sin las debidas orientaciones, planean, realizan y, casi siempre, mantienen a su costa las necesidades básicas de la instalación. También, en muchas ocasiones, esta buena voluntad adolece de una falta de criterio en la catalogación y exhibición de piezas, que unido a una absoluta ausencia de documentación sobre el contexto de las mismas nos lleva, en el mejor de los casos, a comprender la infortunada frase acerca de estos y otros denominados “museos”, que asegura que “visto uno, vistos todos”. Cada vez se hace más necesaria la promoción de instituciones debidamente dotadas de personal cualificado y medios técnicos, que asesoren a quienes presenten propuestas serias. Una cuidada selección de piezas a la hora de formar colecciones permanentes, un montaje que acentúe el lenguaje callado que siempre se entabla entre el espectador y la obra, así como una atención especial a las características peculiares de cada una de ellas, son requisitos básicos e imprescindibles en cualquier proyecto museográfico que raras veces se toman en cuenta en el caso de las colecciones etnográficas. Un museo no es sólo un lugar donde se exponen piezas valiosas: las actividades encaminadas a su difusión como actividades temporales, publicaciones, debates, conferencias, etc. son igualmente indispensables. Como anillo al dedo nos viene, para terminar, la célebre frase que sentencia: “la verdadera riqueza del patrimonio de un pueblo no está en sus monumentos, sus obras artísticas o su saber colectivo, sino en la capacidad de ese pueblo en saberlo valorar” (11). El exceso en los límites de la interpretación produce también propuestas de ocio recreativo teñidas de “cultura”, luego, “las transgresiones que se pueden realizar por la vía de la simulación, son más graves que las violencias materiales, que sólo afectan a lo real. La simulación es infinitamente más poderosa, ya que permite ir más allá de la realidad y hacer imaginar que ‘el orden y la ley mismos podrían muy bien no ser otra cosa que simulación’. Disneylandia, valga el ejemplo, es para Baudrillard un modelo perfecto de todos los órdenes de simulacros entremezclados. Su carácter infantil es lo que permite ocultar que el verdadero infantilismo está en todas partes. Es en la ausencia de lo real donde está el problema del mundo. En una hiperrealidad sin referentes, lo peligroso es la implosión del sentido que provoca la simulación. La pérdida de realidad que conlleva la precesión de los simulacros envuelve en su sombra aniquiladora todos los acontecimientos imaginables”(12). “Repentinamente me pareció comprender. Creí comprender el atractivo seductor que tenía ese espectáculo en su conjunto, creí comprender el secreto de la fascinación que ejercía sobre aquellos que se dejaban atrapar por él: el efecto de realidad, de sobrerrealidad que producía aquel lugar de todas las ficciones. Vivimos en una época que pone la historia en escena, que hace de ella un espectáculo y, en ese sentido, desrealiza la realidad, ya se trate de la Guerra del Golfo, de los castillos del Loira o de las cataratas del Niágara. Esa distancia para crear el espectáculo nunca es tan notable como en los anuncios publicitarios de turismo, los cuales nos proponen tours una serie de visiones ‘instantáneas’ que nunca tendrán más realidad que cuando, al regresar del viaje, las ‘volvemos a ver’ a través de las diapositivas cuya vista y exégesis impondremos a unos circunstantes resignados”(13). En otro orden también me preocupa todo posible alejamiento de la participación efectiva del ciudadano respecto de su patrimonio y que la generación de productos mediadores no aleje y descomprometa aún más a la sociedad de su responsabilidad frente a la conservación de su legado cultural y natural y que, de por sí, ni un museo ni un centro de interpretación pueden lograr si no se acompaña de políticas de vinculación, concienciación y difusión de propuestas participativas. Interpretación y territorio Paralelamente también co-mienza a asociarse la interpretación con propuestas de desarrollo regional que tienen al patrimonio como eje de su actividad: el plan estratégico de interpretación. ¿Qué es un plan estratégico de interpretación? ¿Puede hablarse de un plan estratégico de interpretación, cuando muchas veces se alude a una red de centros de interpretación vinculados temáticamente? Quizá sería apropiado adoptar lo que se denomina planificación interpretativa (14), se trata de un proceso racional de formulación de objetivos, análisis del recurso y sus potencialidades (y limitaciones), análisis de los virtuales usuarios, definición de los mensajes a transmitir, elección de los medios de interpretación y definición de los equipamientos y servicios interpretativos necesarios, recomendaciones para la ejecución de programas (personal, obras), y sugerencias para evaluar la efectividad de la intervención. El resultado de este proceso es un Plan de Interpretación. Que puede ser aplicado para un territorio como para un yacimiento o un parque natural. La interpretación es un proceso interdisciplinar para dar a conocer, hacer accesible y explicar el sentido y el significado de procesos naturales o culturales complejos. Por tanto no puede ser nunca un instrumento de planificación dentro de estrategias de desarrollo territorial. Creemos que es quizá demasiado ambicioso estirar el término de interpretación hasta los límites claros de lo que se denomina Plan de ordenación del territorio, plan al que ya dijimos que debía subordinarse una política de difusión del patrimonio en el territorio. No deberíamos creer que la interpretación aplicada a un yacimiento o un conjunto de bienes culturales en un territorio dado puede generar per se una oferta de servicios “complementarios” como hoteles, restaurantes, locales comerciales, transportes, comunicaciones. Quizá sea más correcto pensar que la ordenación del territorio vendrá a por nosotros y nos dirá dónde será más apropiado generar una oferta patrimonial, teniendo en cuenta objetivos generales de desarrollo y cohesión social del territorio. Debemos comprender la necesaria relación con el territorio como base de la organización espacial de la cultura. Para ello es prioritario:
La generación de un modelo territorial es una interpretación de la realidad que tiene una finalidad utilitaria muy concreta: servir de guía orientadora para la formulación de estrategias específicas de actuación en cada parte del territorio. No es esta la misma interpretación que aplicamos a la necesaria difusión del patrimonio. Un modelo territorial se basa sobre todo en la historia reciente del territorio y se sustenta en experiencias, interpretaciones y propuestas diversas ubicadas en parámetros temporales anteriores. Pone el acento en identificar estructuras territoriales tanto de escala intermedia o supramunicipal como regional. Parte del reconocimiento de la diversidad del territorio y que dicha diversidad no debe ser entendida como un factor negativo para la consolidación de un espacio común e integrado, sino como una cualidad que debe ser valorada y aprovechada para el logro de los objetivos propuestos. Caben algunas preguntas de orden estructural para la comprensión de qué lugar ocupa la política cultural en un modelo territorial: ¿está presente la administración cultural en el proceso de ordenación del territorio? Si la respuesta fuera negativa: ¿es que se la margina por parte de otros sectores competenciales, o sencillamente no participa ni exige tal participación? Tres términos interrelacionados, configuran una correcta política de ordenación del territorio: principios (orientación), referencias (estructuras territoriales) y estrategias. Principios 1. Consideración de la diversidad
natural y cultural y aprovechamiento de los potenciales endógenos
2. Uso sostenible de los recursos.
3. Cohesión social. 4. La cooperación como base del desarrollo y dicha cohesión social.
Este es, a mi entender, el marco apropiado para insertar una política de difusión cultural asociada al desarrollo y que sin duda tendrá, en la interpretación una metodología y una forma de actuar complementaria a otras muchas acciones y metodologías del mundo de la cultura. La interpretación y la administración local (16) Hemos decidido prescindir de las habituales definiciones y adentrarnos en cuestiones de una índole que, en general, no trascienden más allá del ámbito de la realidad cotidiana de aquellos que nos enfrentamos al reto de pensar, programar y producir un centro de visitantes, un centro de interpretación, un ecomuseo, una exposición temporal o cualquier otro producto patrimonial que tenga por objetivo brindar al visitante una explicación más o menos científica de un proceso natural o cultural muy complejo. El grupo de profesionales, siempre heterogéneo, que es contratado para la resolución de un centro de interpretación (tanto más heterogéneo como importante sea la envergadura del proyecto) se enfrenta a una serie de vicisitudes que será importante exponer y clarificar para hacer de nuestra práctica laboral un motivo de reflexión y debate que sirva al conjunto de profesionales, estudios y empresas abocadas a estas tareas. El primer tema que abordaremos es la ausencia, en nuestro país, de una tradición de reflexión teórica que obliga a los profesionales que trabajamos en el tema, a una búsqueda empírica de modelos teóricos y pautas metodológicas e instrumentales, sustentados generalmente, además de una prolífica bibliografía en inglés y francés, en la lectura y visita de proyectos realizados en países con mayor tradición en este arte de dar a cono-cer, hacer accesible y explicar el sentido y el significado de nuestro patrimonio natural y cultural. Debemos comprender que las técnicas de interpretación en nuestros medios, y aclaramos que no nos referimos aquí a las estrategias de educación ambiental no formal, son disciplinas híbridas, carentes hasta ahora de formación curricular específica, basadas en una actitud posmoderna de fragmentaciones científicas diversas y recompuestas en un collage metodológico donde se dan cita, entre otras, la semiótica, la comunicación, la museografía, el diseño, el marketing cultural, pero sobre todo ello un profundo espíritu de renovación y buenas intenciones. Lo preocupante no es la sana y reflexiva experimentación, sino las carencias en materia de contextualización de nuestro trabajo a las pautas sociales y culturales locales producto de una rápida y acrítica adscripción a todo lo que nos llega desde fuera en esta materia. Sobre todo cuando esa ausencia de reflexión de la que hablamos se motiva en el mero hecho de no resultar suficientemente progresistas y actualizados de cara a nuestros medios profesionales. Deberíamos poner en duda o al menos confrontar modelos de acción entre los ejemplos que se realizan en otros países y nuestra realidad sociocultural, tanto a nivel nacional como para cada una de nuestras comunidades autónomas. La poca actividad de crítica y debate sobre la interpretación aplicada al patrimonio cultural y natural implica también un pobre trabajo de discusión interdisciplinar entre arquitectos, diseñadores, arqueólogos, etnólogos, museógrafos, historiadores, biólogos, geógrafos, etc. lo que se traduce en colocar a la técnica en sí por delante de toda otra problemática, idealizándola como panacea de la difusión cultural, situación que se refleja en frases del tipo: “la interpretación es un instrumento fundamental para la definición de políticas de intervención y uso social del patrimonio, y la base para el desarrollo de políticas de comercialización y explotación turísticas”. A nuestro entender la interpretación es una técnica más de una serie importante entre las que se incluyen la presentación, la nueva museografía, la puesta en valor, las técnicas expositivas, la animación y hasta el marketing cultural. No podemos poner el carro delante del caballo: primero están las políticas culturales, las de investigación, documentación y difusión del patrimonio, su planificación y gestión y luego, en los casos adecuados, la interpretación. Es necesario ubicarnos en una correcta posición dentro del amplio campo del patrimonio para no arrogarnos tareas y decisiones que corresponden a instancias de gestión patrimonial en su conjunto. Debemos reconocer que la tarea de vincular el patrimonio natural y cultural con la sociedad es una tarea que no atañe a un solo agente cultural sino a una gran diversidad de agentes tanto de la esfera pública como de la privada. Valga este intento de sistematización de esos agentes:
Otro tema por tratar es el de nuestras relaciones como expertos con las administraciones para las cuales solemos trabajar. En el más alto rango (ministerios, consejerías) nos encontramos con interlocutores con un alto nivel teórico, una actualizada información y un manejo de casi todas las claves de un léxico y una ideología fuertemente impregnada de los últimos conocimientos de la materia, y por tanto con niveles de exigencia teórica muy altos. Niveles que comienzan a ser conflictivos a la hora en que, una vez publicado el concurso o realizada la invitación a participar en el desarrollo del proyecto, son confrontados con la necesaria viabilidad que todo proyecto tiene que tener para cumplir con sus fines sociales y culturales. Muchos técnicos de nuestras administraciones saben de, pero ignoran cómo. En otro extremo del espectro de las relaciones contractuales para la definición de un proyecto encontramos a la administración local, figura que en muchos casos se personifica en el alcalde y una serie de progresistas y avanzados asesores que impulsan la realización de centros de interpretación por muchos más motivos que los necesarios para su fin social. En este ámbito el grupo profesional se encuentra ante una demanda muy concreta, con necesidades de orden social, cultural y hasta político concretas, reconocidas y sufridas a veces desde hace años. Es el caso entonces de técnicos y políticos que saben el qué, pero desconocen, y mucho, el cómo. El grupo profesional se ve en muchos casos atrapado entre estas dos realidades, muy exigido a nivel teórico pero huérfano de ideas claras y concretas de qué demanda y cómo satisfacerla por un lado, y muy acotado en cuanto a necesidades y concreciones pero imposibilitado de mantener un diálogo sobre cuestiones que es imprescindible compartir. Desde una perspectiva profesional debemos actuar a partir del análisis y debate conjunto entre profesionales y los diferentes rangos de nuestras administraciones acerca de la complejidad de estrategias aplicables a la difusión e interpretación del patrimonio natural y cultural. Cabe exigirnos prudencia, actitud crítica y contextualista frente a nuestros particularismos culturales; responsabilidad, predisposición do-cente y sentido crítico frente a nuestras administraciones. Sobre todo porque históricamente han sido las periferias -en aras del “progreso”- campos de experimentación de nuevas ideas sur-gidas, a veces con demasiada prisa, en los centros de producción cultural y no suficientemente contrastadas. La aplicación de estas “nuevas” disciplinas a un sector cada vez más significativo de nuestro patrimonio (al menos en la redacción e intenciones de los proyectos) es una realidad tangible. Un poco irreflexivamente y con más voluntad de actuar que debatir modelos y reflexionar pautas de adecuación, un potencialmente cre-ciente número de profesionales intentan procesos interpretativos en cultura y medio ambiente. En este proceso será necesario, primero, tender un puente entre la museología y estas renovadas formas de comunicación, segundo, generar un espacio dedicado a la crítica, que permita ajustar, corregir, evolucionar desde el punto de vista discursivo y técnico expositivo y, sobre todo, recrear para dar respuestas acordes y viables desde el punto de vista teórico, ideológico y económico. Si se presume de innovación, integración, complejidad, emotividad, se debería estar atento, dentro de la misma dinámica disciplinar, a los mecanismos de producción donde pretenda inscribirse la interpretación del patrimonio. La escala de un proyecto de interpretación y su relación con la oferta cultural del contexto en el que se inscribe (barrial, municipal, comarcal, regional) es, a nuestro entender, un tema clave, no ya para el éxito de nuestro trabajo, sino para una correcta vinculación del patrimonio y su comunidad. Existe un denominado proceso interpretativo que va desde la contextualización de un objeto ( original o copia) en el marco de la nueva mueseografía hasta la propuesta de un plan de interpretación de un territorio o una comarca geográfico-cultural. Es imposible pretender generar programas metodológicos unitarios que abarquen toda esta problemática. ¿Qué lugar ocupa la participación ciudadana en todo el proceso de difusión del patrimonio?, ¿sólo existe un proceso unidireccional?, ¿qué opinan los protagonistas del vínculo patrimonio - sociedad.? Democratización cultural no es lo mismo que democracia cultural. No se trata de promover la participación de la gente para asegurar el éxito de la ejecución de un plan de difusión del patrimonio, sino de que participe porque este es un derecho en una democracia viva y real. Una auténtica participación se configura, no a partir de un hacer o intervenir sugerido o manipulado desde afuera, sino haciendo y sugiriendo en todo aquello que le concierne. El éxito a largo plazo de una política de conservación del patrimonio se basa antes que nada en la educación del público. Cuando el público está bien informado e interesado, todo se hace posible: los políticos se muestran sensibles, las políticas adquieren flexibilidad y nuestro ambiente histórico/natural aparece lo suficientemente valioso para merecer protección. Final Andalucía, como casi toda el área mediterránea puede, sin lugar a dudas, presumir de raíces, de historia, de herencia cultural excepcional. El reto que nos espera a las puertas del nuevo milenio no es ya legislar y con-servar, sino hacer que ese legado y sus gentes y las gentes que nos visitan (muchas de ellas justamente por eso), disfruten y comprendan el patrimonio, para sí mismos y como sustento invalorable de su preservación. Para ello se necesita más innovar que “progresar”. Porque innovación implica un cambio sin romper con el pasado, frente a un puro ir hacia delante, que muchas veces no nos lleva a ningún sitio. Nos sobran raíces y nos faltan alas. Alas para despegar de situaciones anquilosadas en las que los ciudadanos podían o no descubrir su patrimonio para arribar a propuestas superadoras donde la gestión cultural muestre, interprete y eduque desde el patrimonio a una sociedad que reclama cada vez más un ocio creativo y gratificante. La vinculación del patrimonio y la sociedad requiere de un entramado de esfuerzos tanto de gestión como de innovación, un proceso de carácter territorial y coordinado que supere las barreras impuestas por los históricos desencuentros entre las administraciones en todos sus niveles. Para ello se hace imprescindible una tarea abierta en más de un frente: el conocimiento y valoración de nuestra herencia, a través de un inventario de recursos patrimoniales; el conocimiento de las demandas de nuestra sociedad, reconociendo pautas de conducta y hábitos culturales ligados al patrimonio; la generación desde ambos conocimientos de una serie de indicadores patrimoniales, como herramientas de planificación y diseño de las políticas y las estrategias globales para abrir, incitar y facilitar de forma democrática el patrimonio a todos sus ciudadanos. Al final de este camino se encuentra la posibilidad de generar un modelo, científicamente válido y socialmente adecuado, de vinculación entre la sociedad y su legado patrimonial. Modelo amplio, flexible, ajeno a dogmatismos y manipulaciones ideológicas que favorezca la comprensión, la asimilación y la identificación del ciudadano con su herencia cultural, pero sin estrecheces históricas ni imposiciones mediáticas que lo alejen de su propia interpretación del pasado. Una tarea compleja que ayude a enamorar y disfrutar del patrimonio como premisa indiscutible de una genuina defensa y preservación. valleymar@teleline.es (personal) |
||