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Peña de la Virgen. CN-340 |
FOTOMANÍAClelia Martínez Maza |
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Más que una barrera, franqueable sólo gracias al empeño
técnico, el mar unía pueblos. Y así los avances náuticos
consintieron la presencia en las costas peninsulares de navegantes de
los confines orientales del Mediterráneo que se asentaron en las
costas andaluzas en busca de aquellas materias primas de las que carecían,
pero imprescindibles para su subsistencia: la necesidad hecha viaje. Otros,
sin embargo, ahorrándose el viaje de regreso, se establecieron
finalmente en esas costas donde podían reanudar, ahora en otro
paisaje, sus mismos modos de vida. Pero, aunque los viajes se multiplicaron
creando una intensa tela de araña que cubría todo el Mediterráneo,
el tránsito era difícil. A los obstáculos naturales,
se unían las amenazas encubiertas: una tempestad imprevista, la
ausencia de viento, las corrientes que entorpecían la navegació
allí donde parecía posible una travesía cómoda,
no eran sino signos enviados por los dioses para mostrar su descontento.
Era obligación de los hombres, desvelar la causa del agravio: un
acto impío, la menstruación de alguna mujer a bordo, la
ausencia o defecto de algún rito practicado antes de iniciar el
periplo, cualquier falta que arrastrara el pasado de los tripulantes,
podían pagarse con el fracaso de la empresa o incluso con la propia
vida. La falta debía entonces enmendarse en la confianza de que
así se arribaba a buen puerto. Y una vez en tierra, el agradecimiento
se torna dádiva necesaria para calmar a los dioses, dádiva
prometida en el momento en el que la muerte señala el límite
impuesto por el hado. Como ofrenda se entrega parte del beneficio para
que vuelva a los dioses lo obtenido bajo su amparo. Exvotos de metales
preciosos, joyas, objetos de orfebrería, se amontonan en santuarios
que los tripulantes erigen diseminados por la geografía costera
en la que recalan, lugares de culto y lugares de comercio compartidos
por dioses y hombres de los dos extremos del mar. Y ya en un Mediterráneo
cristiano, esta virgen nos recuerda que el peligro marítimo sigue
amenazando el periplo, que los tripulantes buscan la aquiescencia divina
para emprender la andadura y culminarla felizmente, y que premian, ahora
a la Virgen, por el éxito del viaje. Qué mejor manera que
rendirle devoción en un símbolo de todas las amenazas del
viaje, en un punto visible desde el mar, al que dirigir la vista esperanzada,
en un cortado que recuerda las vicisitudes de la travesía, y la
fortuna de haberla llevado a buen término. El miedo convertido
en salvación. |
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