Cuadernos • - 2004
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MUSEO PICASSO

Rafael Martín Delgado e Isabel Cámara. Arquitectos.

El Museo es el fruto de la generosa donación que Christine Picasso y su hijo Bernard, nuera y nieto del pintor, hacen a la ciudad natal de éste retomando un antiguo deseo suyo. Nace, pues, para una colección y a partir de ella. Este hecho ha permitido que desde el inicio de los trabajos haya habido un diálogo constante entre el continente y el contenido.

El origen y embrión del Museo es el Palacio de Buenavista, enclavado en el corazón del casco histórico de Málaga. Este edificio de estilo renacentista con elementos mudéjares, comenzó a construirse hacia el año 1530, medio siglo después de la conquista de Málaga por los Reyes Católicos. En ese lugar existía una casa perteneciente a un noble musulmán ya que la calle a la que daba frente era una de las principales de la medina. Después de ser casa señorial fue casa de vecinos, centro de enseñanza y carpintería hasta que fue arrendada al estado para Museo de Bellas Artes en 1946, destino que ha tenido hasta poco antes del inicio de las obras del Museo Picasso. Tiene cuatro alas de habitaciones en dos plantas alrededor de un patio con arquería en las dos plantas, un jardín dando a mediodía y un patio a levante. Este claro y sencillo esquema ha hecho posible que los diferentes usos que el Palacio ha tenido a lo largo de su vida se sucedieran sin necesidad de grandes transformaciones estructurales.

En la elección del Palacio fue decisivo constatar que sus salas eran el marco idóneo para la exhibición de la obra de Picasso y que el conjunto de ellas se adaptaba perfectamente al tamaño de la que iba a ser la Colección Permanente, que de hecho se alberga íntegramente en ellas. Los techos con sus alfarjes, artesonados y armaduras proporcionan el contexto de arquitectura andaluza buscado. La planta del Palacio se reorganiza, modificándose las circulaciones para un mejor recorrido desde el punto de vista museístico. La entrada desde la calle se realiza por la misma puerta principal aunque se modifica la posición de la escalera para conseguir un espacio de acogida más amplio.

Desde el principio se vio que sólo el Palacio no iba a ser suficiente para la complejidad de funciones que requiere un museo actual, lo que unido a la aparición en el subsuelo de importantes restos arqueológicos que imposibilitaban la realización de sótanos llevó a la necesidad de ampliar el Museo con la incorporación de edificaciones colindantes. Las excavaciones arqueológicas han reflejado la ocupación del lugar por todas las culturas que forjaron la historia de Málaga, debido a su posición en el centro de la ciudad histórica. Se vio que todo el ala norte del edificio se apoyaba sobre las murallas fenicias del siglo VI a..C., el primer recinto amurallado que tuvo la ciudad. En vista de la importancia de estos restos se decidió que fuesen visitables por el público, como una referencia a la historia del edificio dentro del contexto de la historia de la ciudad. Para poder mostrarlos de forma inteligible se eliminaron parte de los muros que apoyaban directamente sobre ellos, para lo que hubo que diafanar parte de estos muros en el sótano, recogiendo su carga en grandes vigas que la transmiten al terreno por medio de pilares. Se ha conseguido así la visión de conjunto de una amplia parte de las murallas que quedaban debajo del edificio del Palacio. Para la circulación del público entre los muros fenicios se han realizado unas pasarelas de tablas soportada por una estructura metálica ligera que discurre entre los muros arqueológicos. El sótano en general quedará en semipenumbra, con la iluminación focalizando los restos arqueológicos como protagonistas del espacio.

La ampliación del Museo se realiza hacia el cerro de la Alcazaba, en la parte trasera del Palacio de Buenavista, único sitio posible, donde queda un conjunto urbano que mantiene la estructura medieval de calles estrechas y tortuosas y parcelas de pequeño tamaño, muy deteriorado y semiabandonado. Las ampliaciones del museo hacia el cerro de la Alcazaba se insertan dentro de esta trama, en una operación entre la arquitectura y la renovación urbana sin que queden definidos los límites entre ambas. Además del programa museístico se han añadido al Museo una Biblioteca-Centro de Documentación, un edificio para el Departamento de Educación y un Auditorio.

Desde los primeros pasos del proyecto se trabajaba con la idea de la yuxtaposición de una arquitectura decididamente contemporánea con la existente del edificio histórico. Se mantenía la idea de que entre las casas de los siglos XVIII y XIX emergían unos volúmenes más rotundos de arquitectura contemporánea, protagonizados por las piezas de las salas de exposiciones temporales, del auditorio y de las oficinas. El resultado final es un conjunto en el que se ensamblan edificios existentes restaurados con otros nuevos, estableciéndose una simbiosis entre el caserío urbano y el Museo, que se extiende por aquel sin solución de continuidad. Se mantiene la trama de calles estrechas y, aprovechando un solar vacío en el que desde hace tiempo ha crecido una hermosa higuera, se crea una plaza. Como en el resto de la ciudad histórica y en toda ciudad viva, se mezclan arquitecturas de diferentes épocas y las nuevas edificaciones conviven respetuosamente con las existentes, sin violentar el espacio urbano. La plaza de la Higuera se convierte en el centro público del conjunto de la institución del Museo.

Dada su extensión en planta, el Museo no es un edificio en el sentido estricto de la palabra, sino una estructura más compleja. La descripción de las plantas refleja esta suma de partes muy diversas. En el desarrollo del programa expositivo se puede distinguir el palacio de Buenavista, dedicado íntegramente a la Colección Permanente del Museo, la pieza de las salas de exposiciones temporales y el área de almacenes de obras de arte y oficinas de la gestión artística. Separada de esta parte por la calle Postigo de San Agustín, en la manzana central se sitúa el resto del programa de la institución: la Biblioteca y Centro de Documentación, el Auditorio, el departamento de Educación y las oficinas de la gestión administrativa. Para mantener el paisaje urbano de este conjunto de estrechas calles se han conservado los edificios que tenían mayor interés, tanto desde el punto de vista arquitectónico como desde el urbano. En algunos casos se ha mantenido la tipología de la edificación, reponiéndose los elementos estructurantes, patios y escaleras, en su posición primitiva; en otros se ha conservado solamente la primera crujía de la fachada.

Las salas de Exposiciones Temporales se conciben como unos contenedores limpios, de líneas claras, de buenas proporciones, minimizando los elementos que puedan distraer de la contemplación de las obras de arte. Las salas de la planta superior permiten tener iluminación cenital a través de un generoso lucernario central cubierto en su cara interior por una tela tensada de una sola pieza. Este lucernario es técnicamente de composición muy compleja para hacer frente a los requerimientos tanto lumínicos como de protección contra el ambiente exterior.

El edificio del Palacio y la nueva pieza de arquitectura contemporánea que contiene a las salas de Exposiciones Temporales se unen por una cubierta de vidrio que aloja un espacio en doble altura, atravesados por unos puentes que unen las plantas altas. Este espacio a modo de patio interior, cubierto por un toldo tensado, prepara la transición desde el edificio histórico a las salas de mayor escala de las Exposiciones Temporales.

Se unifican los materiales de acabados del Museo. Para los suelos se elige un mármol crema marfil, muy seleccionado para obtener piezas uniformes y de muy poca veta. El mismo suelo con diferente tratamiento, rugoso en los lugares de relación y pulido sin brillo en el interior de las salas y el mismo blanco en las paredes, el blanco de las paredes y los techos de madera en las nuevas zonas que evocan los artesonados del Palacio, dan una unidad a las diversas edificaciones que forman el Museo.

La intervención en un edificio para cumplir las exigencias museísticas actuales es necesariamente dura. Además del área propiamente de exposición y de la necesaria para el almacenamiento y conservación de las obras de arte, se requiere una gran cantidad de espacio para las instalaciones técnicas que hagan posible el cumplimiento de las condiciones ambientales requeridas por los conservadores en cuanto a temperatura, humedad y pureza del aire, iluminación, seguridad, etc. Estas instalaciones, que en un edificio de nueva planta pueden preverse desde el inicio del proyecto, han de ser acomodadas en el edificio existente, no sólo en lo que respecta a la previsión de los espacios para las máquinas o cuadros, sino el recorrido de todas las conducciones desde estos hasta los puntos finales en las salas. Especial complicación requiere la implantación de los conductos de aire acondicionado, generalmente de grandes dimensiones, desde las máquinas climatizadoras hasta las salas, que se ha de hacer en general a través de los muros del edificio mediante cuidadosas operaciones, de forma que nada se manifieste al exterior para no alterar la imagen del edificio original. Ello supone una intervención fuerte, a veces traumática, que trae consigo laboriosas obras de refuerzos de muros y otros elementos estructurales para que el edificio no quede debilitado.

Cuando ha sido necesaria la presencia de elementos terminales en las salas, como es el caso de la climatización cuando se necesita mayor superficie de rejilla, se ha recurrido a integrarlas en los artesonados o a diseñarlas de forma que se acomoden con los elementos arquitectónicos existentes.

La iluminación de las salas se resuelve desde los alfarjes y armaduras de madera, colocándose las luminarias directamente en ellos por medio de piezas especiales realizadas expresamente para esta obra. Se ha considerado que es menos discordante esta solución que el uso de rieles electrificados suspendidos. Esto es posible por tratarse de la colección permanente donde la situación de los cuadros es fija. El valor de estos techos de madera no se basa en la modelación artística de las propias piezas, sino en la creación de estructuras complejas cuya ciencia se sustenta en la geometría y la habilidad constructiva.

Se quiere la presencia de la luz natural en las salas, para lo que se han mantenido los huecos exteriores. Para el control de esta luz se ha elegido la solución tradicional andaluza de colocar en el exterior del hueco esterones, cortinas colgantes de tejido grueso realizado con fibras vegetales. Estos esterones tamizan la luz de forma que su incidencia en la sala no altera las condiciones de iluminación previstas.

La restauración del edificio del s. XVI ha sido abordada en primer lugar como su recuperación para su incorporación como una parte, aunque principal, del proyecto global de Museo. Se concibe como una nueva intervención en el edificio que, sin alterar su esencia sino, al contrario, con la idea de mantener y potenciar su originalidad y sus valores, lo incorpore al proyecto global del Museo.

No se trata de recuperar la imagen prístina, original, del edificio, ya que éste ha sufrido transformaciones a lo largo de su historia que forman parte ya del mismo. Es, pues, una intervención más, que como aquellas ha tenido el sentido de adaptarlo a nuevas circunstancias. Estas operaciones, realizadas para ir adaptando el edificio a necesidades cambiantes no lo han desvirtuado ni han supuesto modificaciones esenciales, y sí han mantenido su utilidad lo que ha favorecido su conseravación.


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