
Málaga, como la ciudad mágica que es, viene siendo objeto literario desde hace tiempo. No es cuestión de remontarse a los encendidos versos de los nazaríes. Quizás sea suficiente quedarse en Manuel Andújar y su novela El destino de Lázaro, o quizás menos todavía, en la Generación del 27 y toda su mitología sobre la Ciudad del Paraíso, la imprenta y la celebración de la vida. Nos bastaría con mirar sólo a la última década, en la que escritores del tamaño de Antonio Soler y Pérez Estrada, por poner nada más que dos ejemplos, han convertido a la ciudad en paisaje y personaje, al estilo de otros territorios míticos como el Macondo de García Márquez o el Santa María de Onetti.
Pero Málaga es un paraíso salpicado a veces, muchas veces, de infierno. Igual que sólo Federico García Lorca supo ver el lado demoníaco del mar, al que definió como “cielo caído por querer ser la luz”, Melero ha visto el dolor, la tragedia del Paraíso, y lo ha contado como nadie.
A los malagueños, quizás como tributo por vivir en el paraíso, los dioses nos mandan de tanto en tanto un terrible castigo, como diría El Chafarino, uno de los personajes de La Desbandá, la novela que presentamos, una suerte de oráculo griego, ciego como ciego fue Homero, pero dotado de la luz del conocimiento. A finales del siglo XV la mayoría de los habitantes fueron vendidos como esclavo tras la conquista de la ciudad por los Reyes Católicos. A principios del XIX serían las huestes de Napoleón las que incendiarían la ciudad y pasarían a cuchillo a una buena parte de los habitantes, destruyendo para siempre la “Málaga la bella” que cantaron los clásicos, de la que nada más quedó ceniza. Y luego, en el convulso y criminal siglo XX, a los malagueños los masacraron en la carretera de Almería, a la altura de Torre del Mar, un siete de febrero de 1937.
Esa huída despavorida de una población de 300.000 personas desfallecidas por el hambre y empujadas por el miedo, que es el peor motor posible, fue salvajemente cortada por un bombardeo criminal que dejó unos 10.000 muertos en el camino, lo que sin duda es el peor éxodo conocido en la historia de Europa.
Este es el fundamento principal de La Desbandá. Pudiera parecer que Luis Melero ha aprovechado la reciente moda de la recuperación de la memoria histórica para escribir una novelita con cuatro datos y garantizarse un éxito comercial. Nada más lejos de la realidad. Melero ha investigado durante 26 años los datos necesarios para escribir esta novela, cuyo proceso de creación es en sí mismo un argumento novelesco en el que un joven malagueño, que ha abandonado España por miedo a la represión franquista, triunfa como publicitario en Venezuela, donde se hace millonario. Convertido en un ejecutivo de éxito, en uno de sus frecuentes viajes a Nueva York visita la sede del periódico The New York Times y, rebuscando en la hemeroteca, tropieza con la noticia. Naturalmente conocía la historia desde la infancia, una historia que se contaba en los patios de las casas de vecinos, cuando Málaga todavía era habitable y la gente se comunicaba entre sí. Una historia trágica que salpicaba a todas las familias de la ciudad, porque todas perdieron a alguien en aquel horror. Pero es en ese momento, en aquella sala de uno de los periódicos más influyentes del mundo, cuando toma verdadera realidad de lo que fue aquel genocidio. Y entonces el joven empieza una investigación exhaustiva que le lleva a los archivos de Londres y Nueva York, a leerse todos los números de La Unión Mercantil desde junio de 1934 hasta enero de 1937, el archivo completo de Díaz de Escovar y a grabar 270 entrevistas con supervivientes de la catástrofe lo bastante mayores como para recordar perfectamente lo que pasó. Y, después de todo eso, se dedica a escribir una novela que hace y deshace seis veces hasta encontrar la versión definitiva.
Casi todo en la vida de Luis Melero tiene aliento de novela, para que luego digan que no es verdad que venimos predestinados y que, como hubiera dicho Tito Puente, a quien nace para martillo del cielo le llueven los clavos.
Luis ha sido publicitario, asesor de Carlos Andrés Pérez, que fue presidente de Venezuela, periodista, guionista de televisión, fundador de aquel inolvidable Pepeleshe, de donde resurgió la actividad cultural de Málaga a finales de los setenta y principios de los ochenta y un montón de cosas más.
Luis ha sido casi de todo, pero lo que más ha querido ser siempre es escritor, que es algo que no se improvisa. Se nace escritor y luego uno se va haciendo poco a poco, con lecturas, con tropiezos, con derrotas y con alguna victoria.
Luis Melero es escritor, un escritor rotundo que alguien ha definido como “uno de los más grandes y más injustamente desconocidos escritores que conozco”. Un escritor rebosado de literatura, un letraherido en estado puro que vive y respira literatura por todas partes. Y para comprobarlo sólo hay que asomarse a La Desbandá, a su recreación de una ciudad y de un tiempo, a la creación de los personajes y sus personalidades, a la valentía irreductible de escribir en malagueño sin miedo y sin complejos, a la contención de una trama que a cualquiera se le hubiera ido de las manos a las primeras de cambio, de tan desbordada y viva.
Melero es un escritor de los de antes, de los de siempre, o sea, de los de verdad. Por eso La Desbandá nos hace temblar desde las primeras páginas. Es una novela brutalmente bella, monumentalmente emocionante, que producirá en quien la lea rabia, angustia y dolor. Nadie aguantará las últimas sesenta páginas sin sentir que se le oprime el pecho, y serán muchos los que no puedan reprimir las lágrimas.
ero también encontrará el lector en La Desbandá ternura, y una inquebrantable fe en la amistad y el amor. Porque Melero escribe sobre la vida. Melero es un hiperrealista que reproduce del natural y nos los presenta sin tapujos ni excesos de literatosis, que hubiera dicho mi adorado Onetti. Luis Melero consigue que nos reconozcamos en los personajes, que nos acomodemos sus ropas, sintamos sus heridas y lloremos sus penas. Es tan realista la novela que no podremos leerla sin encontrar paralelismos con nuestras propias vidas o nuestras propias historias. Melero nos cuenta con crudeza, pero no con crueldad, un momento trágico de nuestra historia, y consigue hacernos sentir lo que sintieron quienes tuvieron la desgracia de vivirlo y, algunos, de no sobrevivirlo, porque nos reflejamos en sus personajes como nos reflejamos siempre en el viejo álbum de fotos de la familia.
La Desbandá es un formidable ejercicio de literatura, pero es también un formidable ejercicio de recuperación de nuestra memoria.
He olvidado cuanto no dejé escrito, dice Caballero Bonald en uno de sus poemas. Les aseguro que no olvidarán fácilmente La Desbandá quienes se asomen a sus páginas, donde ha quedado escrito una parte de nuestra historia que nunca debemos echar al olvido, no sea que los dioses nos castiguen con repetirla.
Juan Gaitán