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Hace diez años, cuando barajaba un nombre adecuado para mi centro de Yoga en Málaga, una amiga me sugirió el nombre de Milarepa, un famoso yogui tibetano. En aquel momento, estaba leyendo la biografía de Milarepa y lo consideré una coincidencia auspiciosa: el centro pasó a llamarse Milarepa, Centro de Potencial Humano. Pero no acaba ahí todo el asunto: “la ignorancia no tiene principio, pero sí fín; la sabiduría o el conocimiento sí tienen principio, pero no fín”, dicen las enseñanzas budistas.
Poco antes, un conocido Lama, el Lama Ole Nydahl, de origen danés, había creado, junto al español Pedro Gómez, una verdadera fortaleza espiritual en las cercanías de Vélez-Málaga, junto a la sierra de la Maroma y el boquete de Zafarralla, donde aún existe una conocida venta ya citada por Cervantes en “El Quijote”, y que marcan el límite de separación entre las provincias de Málaga y Granada. Es el centro budista de retiros de Karma-Guen, un centro del linaje tibetano Karma-Kagyu del Budismo del Camino del Diamante, el mismo linaje al que perteneciera Milarepa.
La historia, hasta entonces, del Lama Ole Nydahl, el Lama occidental de mayor seguimiento e impacto y un Lama atípico donde los haya, era también especial y fuera de lo común. Nacido en 1941 en Dinamarca, en una amorosa familia de académicos y escritores, mientras crecía se ganaba, a la vez, la reputación de ser un luchador invencible, aficionado al boxeo, y de ser un incansable protector de sus amigos.
Después de su servicio militar, finalizó su carrera de Filosofía en la Universidad de Copenhague. Posteriormente, estudió Inglés y Alemán en diferentres países y realizó su doctorado sobre Aldous Huxley, lúcido expositor de la “Filosofía Perenne” quien seguramente suscribiría lo aquí escrito hasta ahora, convirtiéndose pronto en un exponente europeo del idealismo de los años 60. En 1968, estando en Nepal en viaje de luna de miel con Hannah, el amor de su infancia, y en medio del hippismo y la psicodelia que caracterizaban a los occidentales que por aquel entonces viajaban a Katmandú, la vocación de ambos se hizo clara y evidente. Casi como por casualidad, -¿o debemos decir de nuevo por causalidad, por magia y sincronicidad?- asistieron a una famosa ceremonia budista, la ceremonia de la Corona Negra por parte de S. S. el XVI Gyalwa Karmapa: una experiencia de luz y gozo inefables no comparable siquiera con el mejor de los viajes que el L.S.D. 25, entonces al uso, podría proporcionar. Era como “la luz de diez millones de soles brillando intensamente y al mismo tiempo”. Otros occidentales tuvieron también la misma oportunidad y fortuna de asistir a una de tales celebraciones, convirtiéndose para todos ellos en una de las experiencias cumbres de sus vidas.
Reconocidos posteriormente como antiguos protectores y lamas del linaje karma-kagÿu por S. S. el XVI Karmapa, Rigpe Ragdum Dorje, cabeza espiritual de este linaje y una de las más importantes autoridades dentro del budismo tibetano, Hannah y Ole permanecieron estudiando y meditando durante tres años junto a él, al este de los Himalayas.
Posteriormente, Karmapa les dio la misión de difundir las enseñanzas del Camino del Diamante, la más alta sabiduría del budismo alcanzable para todo aquel que se tome el trabajo y el tiempo de estudiarlas y practicarlas con actitud de sana curiosidad, crítica y científica a la vez, y con este encargo comenzaron a viajar por todo el mundo creando, hasta la fecha, 452 centros budistas de meditación repartidos en otros tantos 44 países, donde estas enseñanzas se imparten, estudian y practican.
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