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Un desarrollo falto de sensibilidad nos ha llevado a lo que probablemente sea la amenaza más omnipresente de todas: el cambio climático, y en este proceso los océanos juegan un papel vital y determinante para el destino del planeta.
La mayoría de la vida sobre la tierra está ligada a la interacción que se produce entre aire y agua. Una vez reconocido por parte de los científicos y ¿mandatarios? de todo el mundo que la concentración de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero en la atmósfera está alterando el equilibrio climático, hay que resaltar que la mayoría de las preocupaciones sobre los efectos del calentamiento global se han centrado en tierra, prestando relativa poca atención a su impacto en mares y océanos, y a la amenaza de cambios que se cierne sobre los ecosistemas marinos.
Los océanos influyen en el clima tanto como los cambios que en él se produzcan repercutirán sobre ellos, principalmente por la capacidad que tienen de absorber hasta cien veces más calor que la atmósfera, lo que actualmente puede estar retardando los efectos del calentamiento global; pero una vez que los mares empiecen a sentir las consecuencias, el retroceso será improbable.
El calentamiento global produce aumentos de temperatura de la superficie marina, subida del nivel del mar, disminución de la cobertura de hielo marino y cambios en la salinidad, la circulación de las corrientes y en las migraciones y productividad de las especies marinas.
Los últimos cálculos estiman un aumento de la temperatura para este siglo de 1 a 3,5 grados Celsius. Según el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático, se espera que aumente el nivel del mar entre 13 y 94 centímetros, debido al deshielo y a la expansión del volumen de agua al calentarse, lo que pondrá en serio peligro muchos núcleos de población costeros y ciertamente a aquellas ciudades que actualmente se encuentran bajo el nivel del mar, como por ejemplo Amsterdam o Venecia. Además este aumento no será igual en todo el planeta debido a los movimientos verticales de tierra y a posibles cambios en las características del movimiento de las corrientes, vientos, densidad del agua, etc. Se considera que las costas del Mediterráneo y del Báltico son más vulnerables que las costas de mares abiertos. Aunque las grandes regiones de los deltas de Asia y las islas pequeñas son las que están más expuestas a riesgos, cuya vulnerabilidad se reconoció hace más de una década y continúa creciendo. Conviene recordar que hoy en día, más del 50% de la población mundial vive en zonas costeras y depende fuertemente de los océanos y los recursos costeros para su supervivencia. Para el 2025, se espera que esta cifra aumente al 75%.
Pero no debemos pensar que estas consecuencias formarán parte de un futuro lejano, muchas zonas costeras ya están experimentando un aumento progresivo de los niveles de crecidas marinas, erosión acelerada de las costas e intrusión de las aguas de mar en fuentes de agua dulce, afectando ya a los deltas, estuarios, marismas de agua salada, humedales, manglares y arrecifes de coral, todos importantes núcleos de riqueza biológica.
Alrededor del 25% de los arrecifes de coral del mundo se han perdido durante las últimas dos décadas, como consecuencia principalmente del aumento de la temperatura del agua que les provoca un blanqueamiento y la muerte. Los arrecifes de coral saludables probablemente podrán hacer frente a la subida del nivel del mar, pero es más difícil para los arrecifes degradados por descoloramiento, radiación UV-B, contaminación u otros tipos de estrés. El futuro calentamiento de las aguas superficiales resultará en una mayor frecuencia de enfermedades marinas.
Hay que tener en cuenta que los cambios en la química de los océanos resultantes de mayores niveles de CO2 pueden tener impactos negativos sobre el desarrollo y la salud de los arrecifes de coral, lo cual a su vez tendrá efectos perjudiciales sobre las pesquerías costeras y sobre los usos sociales y económicos de los recursos de los arrecifes.
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